LOS CUENTOS DE JUAN MARÍA
OTRA VEZ PASANDO EL CHARCO
Por Juan María Morales Álvarez

20-10-2009

Nuevamente pasé el charco como siempre, sin ningún percance aparte del miedo que me produce ir 8 horas y media encerrado en un tubo con asientos y alas,  desafiando la infalible ley de la gravedad. Siempre que estoy  atrapado en un tubo de ésos pienso que si pudiéramos sentar a Aristóteles en un avión, por muy filósofo y pensador que haya sido, se le irían los tapones. Reflexionando sobre la vida y la muerte, con el miedo en la garganta, me doy cuenta de lo lejos quedó mi  primer viaje a Europa, en el otoño de 1976. Fue un vuelo memorable para mí,  en lo que por aquellos tiempos llamaban el coloso de Viasa,  un Boeing 747 nuevecito, orgullo de nuestra flamante línea aérea.  Para los muchachos de ahora, debemos recordar que en la década de los setenta, pese al imperialismo, y la mal llamada cuarta república, a los venezolanos todo nos parecía barato en el exterior. En España por ejemplo, te daban 30 pesetas por un bolívar, y un vino apenas costaba 5 pesetas. Hoy todo ha cambiado, Viasa ya no existe, por lo que me vine  en un Airbus de Iberia, más moderno, pero bastante más incómodo que el coloso, con el bolsillo devaluado y controlado por el iluminado barinés, nuestro jefe de estado.

El avión en el que volé llevaba  el nombre de Joaquín Rodrigo y entre mis miedos y el recuerdo de las armonías del maestro español, casi sin darnos cuenta, llegamos a Madrid, que nos recibió vestida de otoño, lo que para un tropical como yo es mucho frío, aunque para los madrileños, sea simplemente fresco. Siempre me gusta caminar por el Madrid de los Austrias, a lo mejor buscando mi juventud pasada, o simplemente, porque es bonito, el hoy llamado barrio de las letras. Nunca se me olvida haber visto pasar por la calle del Arenal,  acompañado de Belén Álvarez, la marcha nostálgica del primer aniversario de la muerte de Franco. Los marchistas iban desde la Puerta del Sol, camino del Palacio Real, con la mano derecha levantada, en inconfundible símbolo fascista, gritando viejas consignas, hoy olvidadas por los jóvenes españoles. Recuerdo también  quelas pesetas eran las monedas de curso legal, llevaban la cara de Franco en relieve y en círculo rodeando la esfinge decían: Francisco Franco Caudillo de España por la Gracia de Dios. Cosa que los republicanos   corregían: Dios que gracia. La verdad es que gracias a Dios y a la democracia, esto ya forma parte del costumbrismo español del siglo pasado.

De mi primer viaje recuerdo también que el aeropuerto de  Barajas, que sirve a Madrid, era pequeño, muy parecido al viejo terminal de Maiquetía. Hoy la diferencia entre ambos aeródromos es abismal. En la terminal 4 de Barajas, para desplazarse desde donde te deja el avión, hasta la zona de  recogida de los equipajes,  es necesario tomar un tren interno y  caminar un buen trecho, para llegar hasta donde recoges las maletas. Lo que nos puede dar una idea del tamaño del aeropuerto.  También son más grandes que Maiquetía, el aeropuerto de Palma de Mallorca y El Prat de Barcelona. ¿Dónde quedaron los sueños de la gran Venezuela? El hecho evidente es que a los venezolanos nos bajaron del tren del progreso, por la puerta trasera, como viajero sin billete, y cada día que pasa es más  difícil alcanzarlo, para subirse de nuevo. Y al ansiado desarrollo llegaremos menos aún l con el llamado socialismo del siglo XXI. Porque desgraciadamente en una supuesta defensa de los pobres, lo único que ha logrado el régimen es cubanizarnos a todos, no solamente por ejército de ocupación cubano existente en el país, integrado por médicos, asesores y policías, que tienen más acceso a las divisas petroleras que nosotros, sino también en  hacernos más pobres a todos, menos, claro está, a los destacados miembros de la nueva boliburguesía.

Pero volvamos al cuento, como había quedado con Nacho Izcaray para celebrar mi cumpleaños en la cueva del bolero, que, como bien suponen, es un bar madrileño, donde Nacho canta.  Al día siguiente de nuestra llegada, Consuelo y yo nos fuimos hacia la calle del Cid, con el fin de celebrar,  desgraciadamente, no encontramos al cantor y viejo amigo. Así que pusimos rumbo hacia la Plaza Santa Ana y festejamos los dos en la vieja Cervecería Alemana. Todo quedo bien, todavía  espero coincidir con Nacho, antes de volver a Venezuela. En el paseo por las viejas calles encontramos las aceras más limpias y más anchas, y nos impresionó la ampliación del Museo del Prado. Como esta vez vinimos a visitar a nuestra hija, María Consuelo, que vive en Barcelona, quedamos en encontrarnos en Palma de Mallorca, que está en una isla del Mediterráneo,  y para allá cogimos el sábado. Mallorca estaba bajo el influjo de la gota fría, que yo creía era solamente un vallenato de Carlos Vives y resulta que además de vallenato y pelea con moralito, es un fenómeno climático, común en el mediterráneo, que enfría las temperaturas y produce tormentas, por lo que la estancia en Mallorca, bajo la influencia de la gota fría, sin Carlos Vives, no nos permitió bañarnos en la playa. Así que visitamos la cueva del Drach, que es una visita impresionante, porque tiene un lago interno y dan un concierto, en total oscuridad. Allí comprendí la verdad de la belleza absoluta de la música, porque dentro de la tierra y a oscuras, puedes apreciar, en su verdadera dimensión, la armonía y los acordes de Mozart o Strauss. Con la gota fría cogimos un avión para Barcelona, pero eso es material de otro cuento. Con esto termino el cuento de hoy que espero les divierta.


Barcelona España, octubre de 2009

juanmariamorales@yahoo.es




LOS CUENTOS DE JUAN MAR
ÍA

EN CARORA

Por Juan M. Morales Álvarez

06-12-2007

Cécil Álvarez: En Carora. Barquisimeto, Tipografía Horizonte, Fundación Teatro Alirio Díaz, 2007.

Reiniciamos Los cuentos de Juan María con  la reseña del último libro de Cécil Álvarez titulado: En Carora.  Con el mismo nombre de la página de Rolando y Emma, en el libro de Cécil se recogen varios cuentos de  Carora, así  podremos continuar nuestra tradición de  echar cuentos, desaparecida de las plazas y esquinas por culpa de la inseguridad y de Chávez. Debo empezar diciendo que el libro me gustó porque  Cécil escribió una especie de poema en prosa, dedicado  a la Carora de nuestra generación. A aquella Carora de la Casa de la Cultura, del Orfeón, del Interact, de Juan Martínez, del viejo Pío Alvarado, del Tamunangue  y de la Orquesta Sinfónica. Aquella, donde  muchos de nosotros éramos jóvenes de ambos sexos, de la segunda mitad del siglo XX. Como cuenta Cécil, en esas asociaciones culturales aprendimos a querer a nuestro pueblo, por convencimiento intelectual y conocimiento directo de la realidad. Fue  girando en torno a la Casa de la Cultura donde nos formamos  conocimos y  valoramos  a muchos insignes caroreños y caroreñas de todas las clases sociales. Rescatar lecciones de sus vivencias pienso yo que fue uno de los objetivos de Cécil  en su libro. Escrito ya en el medio de la vida, con los ojos de la madurez, al principio del declive, después de sus diversos tránsitos políticos e ideológicos, con humildad, sin arrepentimiento, muy consciente de los errores cometidos, Cecil nos desnuda la realidad que le tocó vivir y es que,  como nadie nace aprendido,  en el camino se enderezan las cargas.

En 10 capítulos y una introducción  En Carora nos va metiendo progresivamente en la médula vital  de un conglomerado social que, en diversas formas, nos tocó vivir a todos. Con el amor y la sensibilidad  escondida tras sus rudas maneras,  Cécil se nos muestra, como dice Fausto Izcaray, en la contraportada del libro, como un cardón viviente,  o uno de los cujíes de la sabana árida, que pese a estar rodeado de espinas, nos da sombra, en las yermas tierras de Carora. Algunos  lo acusarán de costumbrista, o de localista, si es que el costumbrismo el localismo pueden ser  defectos. A lo mejor sí lo son en esta época de goblalización, yo no estoy tan seguro de ello. En Carora es simplemente una conversación coloquial, que hasta puede ser localista y poco universal, aunque, para la identidad caroreña es, sin duda, necesaria. Carora, siempre Carora es el motivo del libro, parecido a aquella Rosa pintada de azul de los serenateros, impelable a la hora de la veneración de la persona amada. El libro se me antoja como un amoroso y reflexionado recuento de la evolución  social, política y cultural de nuestra tierra.
Con maestría, sabiduría y sentimiento, Cécil se mueve, desde la genealogía del Historial de Ambrosio Perera, y las angustias de nuestros agricultores, por las dificultades climáticas propias, hasta los valores culturales indudables y tan nuestros de la gente de Barrio Nuevo, el barrio popular más antiguo de la ciudad.

Es una especie de collage de imágenes, similar a las fotos  que ilustran la portada del libro, impresas en las lajas que se forman en las playas del Morere.  Se trata de una síntesis vital partiendo de la religiosidad de los caroreños, cimentada en los siglos coloniales y mantenida con el mismo fervor hasta la actualidad. Con objetividad y buen humor narra la austeridad obligada de los habitantes, obligados a vivir una autarquía económica,  por las particulares circunstancias geográficas.    Por ello, los caroreños nos volvimos artesanos, agricultores y comerciantes, sin lujos, ni esplendores, y sin esperar mucho de los esfuerzos personales, lo que, sin duda alguna, moldeó la mentalidad de sus habitantes. También nos muestra las contradicciones vitales de personajes como Don Chío Zubillaga, sin desmeritar su importancia, al lado de las virtudes de gente como Alirio Díaz, Rodrigo Riera, o Alí Lameda, y tiende puentes entre las expectativas  sociales y culturales del Club Torres y del Centro Lara. Cécil en dos palabras nos muestra que caroreños, orgullosos de nuestra tierra y valores somos todos.

Capítulo aparte lleva en el libro Juan Martínez y la Casa de la Cultura de Carora, nuestro maestro y nuestra escuela predilecta de caroreñidad.  En ella nos formamos muchos, una buena parte en música. La Casa de la Cultura cosechó virtuosos instrumentistas, directores de orquesta, vocalistas, porque Juan era fundamentalmente músico. Pero el músico también nos  permitió montar tienda a los historiadores, pintores, poetas, líderes sociales, y ciudadanos rectos que, a lo mejor por falta de cualidades musicales, nos convertimos en admiradores de la música, uno de los mejores instrumentos de la identidad. Y es que, como bien  lo explica Cécil, en la Casa de la Cultura nos formamos todos. Hoy muchos de los jóvenes de ayer, Cécil incluido, reconocemos la deuda cultural contraída y el saldo institucional dejado por Juan Martínez Herrera y la Casa de la Cultura a la Carora. Juan fue para nosotros lo que  Chío Zubillaga para la generación de nuestros padres.   Era, me cuesta definirlo, una especie media entre maestro de escuela, caudillo hiperquinético, dentista de profesión y músico de preferencia,  con cariño y complacencia a toda prueba, dirigía el orfeón a zapatazos, con buenas dosis de humor. A lo mejor íntimamente pensaba que la cultura  de alguna forma entra. Hoy pienso que   Juan Martínez fue para mí una de las personas más maravillosas que he conocido.

Por último y no por ello menos importante, se debe tener presente que buena parte de la claridad en la exposición del discurso se debe a las enseñanzas de J. M. Briceño Guerrero, uno de los pensadores más brillantes de la contemporaneidad venezolana. El viejo Briceño, como aprendimos a decirle desde Mérida, le inculcó a Cécil orden y método científico, racionalidad kantiana y discurso salvaje. En la síntesis de estas vertientes está Carora, siempre Carora, con una buena dosis de masonería. Para finalizar, considero necesario leer con atención el nuevo libro de Cécil, por lo dicho hasta ahora, les invito a leerlo y contarme lo que piensan. Con esto termino hoy el cuento caroreño de hoy. Saludos virtuales desde Caracas.


Piedra Azul diciembre de 2007

juanmariamorales@yahoo.es



 

 

Carora en las relaciones geográficas de Venezuela

Juan María Morales Álvarez

 

En este cuento nos ocuparemos   de la Carora colonial. Trataremos  de revisar la evolución histórica de   Carora según las  noticias contenidas en  las Relaciones Geográficas de Venezuela.  Primero debemos  aclarar que las relaciones geográficas eran unos informes que los funcionarios reales enviaban a la corona, donde narraban las particularidades de las provincias ultramarinas. Son de diversa índole y la importancia y pertinencia depende en gran medida de la capacidad narrativa del relacionador, si es que esta palabra existe.  Las Relaciones Geográficas las inicia  el propio descubridor Cristóbal Colón. Sin proponérselo,  y con la intención de quedar bien con los reyes, el Almirante inició éste género literario,  con sus célebres cartas a los reyes católicos. En el caso particular  de Venezuela,  en uno de sus viajes Colón entró en las bocas del Orinoco y quedó tan maravillado y exagerando un poco la nota,  consideró que había llegado al paraíso terrenal. Por lo que bautizó a esta parte del mundo como  Tierra de Gracia. Se refería  a parte del territorio que posteriormente vino a conocerse como Venezuela, por culpa de otro italiano navegante, embustero  y fantasioso, que ante los palafitos de Sinamaica, se acordó de Venecia y nos bautizó como Venezuela. Posteriormente,  Felipe II, que además de rezandero, gotoso y vestido de negro de pies a cabeza, era un maniático del orden, y en vez de palacio, construyó  un monasterio llamado El Escorial, donde vivía con mucho frío, sin calefacción, en el corazón de la sierra del Guadarrama, muy cerca de Madrid, en una habitación pequeña, con ventana para la iglesia. Don Felipe todo vestido de negro dictó las normas que fijaron los procedimientos adecuados para redactar las famosas   Relaciones Geográficas.  Algunas  son de incalculable valor informativo y, a veces, hasta literario. Leyéndolas  podemos tener la pintura casi fotográfica de una región. en diferentes épocas y son, a mi entender, una fuente de primer orden, para la reconstrucción histórica de una región.

 
Hechas estas explicaciones, pasemos a ver a nuestra ciudad en varias relaciones geográficas. La primera noticia sobre Carora la encontramos en la Relación de Juan Pérez de Tolosa.  Está fechada en 1546, cuando Pérez de Tolosa era Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela. Ahora si es verdad que se subió la gata a la batea pensarán muchos de ustedes. El fulano historiador está hablando de Carora, antes de haberse fundado. En efecto, en el año de Nuestro Señor de  1546, la ciudad de Carora no existía, pero  el nombre era indígena. En efecto, Carora aparece en la relación como una sabana de indios caníbales y hostiles, situada entre El Tocuyo y Coro: “Estas sabanas están entre las sierras de Coro y las que confinan con el Valle de Barquisimeto. No hay ningún pueblo en todos ellos...y junto a esta sabana, en unos montes hay cierta cantidad de indios de nación axaguas.” Para el gobernador Pérez de Tolosa, los axaguas comían carne humana y eran extremadamente belicosos. Esta es la primera noticia del toponímico de nuestra población. Carora era una sabana poblada por indios caníbales y belicosos de nombre axaguas. Por último nos dice esta relación que en la sabana de Carora  existen muchos venados.

 
La siguiente noticia sobre Carora la encontramos en la:  Corografía de la Gobernación de Venezuela y Nueva Andalucía de Juan López de Velazco de 1571-1574. Primero aclaremos que corografía lo que significa es precisamente Relación Geográfica y López de Velazco fue uno de los primeros en escribir una relación panorámica de las poblaciones de Venezuela, para finales del siglo XVI.. En ella Carora aparece poblada por Juan del Tejo en 1569, y dice que aún no se contaba entre los poblados venezolanos, por su reciente fundación. Situada a 20 leguas de El Tocuyo, tenía 40 vecinos españoles. Para López de Velazco Carora es tierra sana y de pacíficos indios naturales, ¿Qué pasó entonces con los axaguas, comedores de cristianos, que poblaban la región 25 años antes? Lo ignoramos, suponemos que fueron exterminados junto con las manadas de venados sueltos en la sabana. Si alguien lo sabe, por favor,  que me lo explique. Recuerden mi correo electrónico, el  muy histórico axagua1@yahoo.es  en honor a mis ancestros, comelones de cristianos barbudos.

La última relación geográfica del siglo XVI  es eclesiástica, escrita por el obispo de Coro, Fray Pedro de Ágreda, en 1581. Refiriéndose a Carora  el prelado, preocupado por los asuntos de la fe, dice que no hay indios de doctrina, con lo que no se estaban convirtiendo los naturales al cristianismo, ni hospital, ni capellanía. Apenas hay un cura, llamado Bartolomé Fernández, pagado por el rey. La iglesia de Carora no tiene ni campanas, ni ornamento alguno, por lo que el obispo solicitó al rey que le diera una limosna a esta iglesia tan pobre, donándole la campana y algún ornamento. Aquí vemos la verdad de los orígenes de la mayoría de nuestras ciudades, que, con pomposos títulos, de muy noble y muy leal ciudad de, empezaron su andadura vital dentro de una gran pobreza, no siendo más que un puñado de chozas, en medio de grandes soledades, pobladas de un puñado de hombres y mujeres cristianos,  pobres pero  honrados, y orgullosos al extremo. Veinte y seis años después tenemos otra imagen de Carora. Esta vez fue la Relación Geográfica hecha por Diego Villanueva y Gibaja, fechada en 1607. En ella nos dice que tiene 50 vecinos, apenas diez vecinos más que los que tenía cuando fue fundada. De ellos, 35 eran encomenderos, tenían encomendados  a 800 indios. Ya para esa fecha los caroreños eran agricultores y ganaderos, sembraban maíz, algodón, criaban ganados y mulas y ya tenían algunos trapiches de caña. Eran buenos curtidores de cordobanes y badanas y su comercio se extendía desde El Tocuyo y Barquisimeto hasta Coro, donde los caroreños trajinaban con sus mercancías, en sus famosas recuas de mulas.

Tenemos aquí una visión sintética de los primeros 61 años del encuentro entre europeos y caroreños. En la primera noticia no existe ciudad, sino una sabana poblada de axaguas caníbales y belicosos. Veinte y tres años después se fundó la ciudad, se acotó el terreno y se dispuso el sitio para la iglesia y el ayuntamiento. Desaparecieron como por encanto los axaguas belicosos, porque  según la segunda relación, Carora es tierra sana, poblada por naturales pacíficos y 40 vecinos españoles.  Diez años después, Fray Pedro de Ägreda nos dice que Carora  no tenía aún las instituciones de las ciudades españolas en  América, la iglesia no tenía campanas. No había ni hospital, ni capellanías, ni indios de doctrina. Y para 1607 ya tenemos una población asentada, había perdurado sus primeros 38 años. Ya existen agricultores y ganaderos, encomenderos y  800 indios encomendados,  lo que sumaba una población total de 850 habitantes. Estos fueron los inicios de nuestra ciudad, comercio, artesanía, agricultura y ganadería fueron las actividades primordiales de la población. El tiempo ha evolucionado y Carora ya es una ciudad donde sigue predominando la agricultura y ganadería como una proporción importante del sustento de su población.

juanmariamorales@yahoo.es




Bolivarianismo y Antibolivarianismo venezolano

Por Juan María Morales Álvarez

 

Sobre el Libertador  hay infinidad de pinturas, esculturas, monumentos, litografías, calles, plazas, aeropuertos, colecciones documentales, libros, folletos, canciones, himnos, piezas teatrales, discos, películas, sociedades, páginas web, y hasta partidos políticos bolivarianos. Bolívar ha sido abordado desde diversas perspectivas, literarias, históricas, artísticas, documentales, cinematográficas o de multimedia y podemos encontrar multitud de proposiciones relativas a Bolívar y su época.  Pese a que éste ingente aluvión bolivariano nos ha bombardeado permanentemente desde el siglo XIX  hasta hoy, y aunque faltan pocos años para  la conmemoración de los 200 años de la independencia; todavía  no disponemos de una biografía convincente del Libertador. Ni tampoco de una historia completa y objetiva de la emancipación, porque las anécdotas biográficas, el triunfalismo patriotero y la santificación de los próceres impidieron enfocar a Bolívar y la independencia desde una perspectiva más amplia. 

Sobre Bolívar se han escrito innumerables obras en distintos idiomas. En lengua española y portuguesa se calcula que los trabajos sobre Bolívar y la independencia superan los 2.500 títulos. También existe una producción importante en inglés, francés, ruso, chino, alemán, italiano, sueco, rumano, etc. A esta selva bibliográfica, debemos añadir las obras publicadas por el mismo Bolívar, las dedicadas a la compilación sistemática de sus decretos y proclamas, además de las voluminosas colecciones documentales, que ya superan 300 títulos[1]. Ante esta montaña bibliográfica, acercarse a Bolívar representa un ambicioso reto, duro de cumplir.

 
El historiador venezolano Guillermo Morón, en sus Reflexiones Heterodoxas sobre Simón Bolívar  nos apunta que: “Seguramente habría que dedicar toda la vida de trabajo de una docena de especialistas para poner en orden de lectura la inmensa bibliografía bolivariana”[2]. Sobre Bolívar y la emancipación hispanoamericana apologistas y detractores, historiadores y novelistas, cineastas y pintores, políticos y militares, sacerdotes y ateos, han vertido ríos de tintas sobre el papel, pintado cantidad de cuadros, generado infinidad de imágenes, con la intención de mitificarlo, lo que nos complica aún más, en la actualidad, la comprensión de lo esencial en Bolívar, al que le hemos desfigurado hasta su rostro[3].

 

En el caso específico de Venezuela, uno podría  preguntarse ¿Qué es lo que aquí  no se llama  Bolívar?. Desde el Aeropuerto Internacional de Caracas, pasando por su Plaza Mayor, en todos los pueblos antiguos de Venezuela, salvo raras excepciones,  hay una calle Bolívar,  y una Plaza Bolívar, que son  las antiguas plazas mayores y calles mayores o reales  del período hispánico, rebautizadas así,  en el  siglo XIX,  por decreto del entonces presidente, General Antonio Guzmán Blanco, del  18 de noviembre de 1872[4].  Guzmán Blanco, a quien le gustaba que le llamaran el Ilustre Americano, fue el primer gobernante venezolano que se propuso realizar la apoteosis oficial de  Bolívar durante  su mandato presidencial. Recientemente, las autoridades del ministerio de educación decidieron llamar a algunas de las escuelas públicas venezolanas  bolivarianas, pensando que así rescatarían en parte la dignidad perdida. La moneda de curso legal, aunque devaluada, es el Bolívar. Uno de los estados federales ha sido llamado Bolívar, situado en la Guayana venezolana. Su capital federal, la antigua Angostura, se llama hoy Ciudad Bolívar, célebre  población por el Mito del Dorado, el Congreso de Angostura, convocado por Bolívar y el fusilamiento de Piar.

 

Aunque nos ocupamos de averiguarlo, ignoramos las razones que llevaron a los habitantes de Angostura a solicitar el cambio de nombre de su capital. Aunque sabemos que, en honor al Libertador, Angostura empezó a llamarse Ciudad Bolívar, el 24 de julio de 1846. Para esta fecha apenas habían transcurrido 15 años desde la muerte de Bolívar en Santa Marta. Hemos consultado varios libros sobre el tema, como los Anales de Guayana de Tavera Acosta, así como también varias historias regionales, sin éxito. Hasta hoy ignoramos las razones  que pudieron tener 34 vecinos notables de Angostura [5] para solicitar, tres años después de haber trasladado los restos de Bolívar de Santa Marta a Caracas,  el cambio de nombre de su ciudad. El hecho cierto es que por decreto del 31 de marzo de 1845, aprobado por el Congreso Nacional,  la antigua ciudad de Angostura, situada en la margen sur del Orinoco, recibió oficialmente el nombre de Ciudad Bolívar, en los inicios del culto oficial, recordemos que para estas fechas ya existía un país con su nombre, el Alto Perú, rebautizado con el nombre de Bolivia.

 

En Caracas tenemos a la  Universidad Simón Bolívar, donde soy profesor, y la Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Con el mismo nombre hay una Universidad Simón Bolívar en México y otra en Barranquilla, Colombia.. Si no se llama Bolívar la calle,  la Universidad, la plaza,  o el organismo público o privado,  decidimos bautizarlo con el nombre del  Libertador, que es lo mismo. Por lo que hasta tenemos  variaciones con los sinónimos. Hoy, hasta la República cambió de nombre, ahora se llama República Bolivariana de Venezuela. Todavía los venezolanos no hemos empezado a llamarnos bolivarianos venezolanos, que será el nuevo gentilicio.   En el artículo 4, título 1,  de la  nueva constitución vigente, quedó fijada la nueva designación de Venezuela, en estos términos: “La República Bolivariana de Venezuela es un Estado federal, descentralizado en los términos consagrados por esta Constitución, y se rige por los principios de integridad territorial, cooperación, solidaridad, concurrencia y corresponsabilidad[6]. En ésta Constitución se pueden  encontrar constantes invocaciones a Bolívar, a sus doctrinas y principios,  recogidos en varios de sus artículos, que sería muy interesante estudiar, para ver sus alcances y proyecciones.

Con el paso del tiempo, la figura del Libertador aumentó en sus dimensiones  y se convirtió    en  uno de los factores más importantes del aglutinante nacional, en   todos los países liberados de la tutela española, por la acción de  sus ejércitos. Y es que el General Bolívar, convertido en Libertador, en una especie de tránsito hacia lo real maravilloso, sustituyó a los santos y a los héroes que nos legaron los españoles. Durante los siglos XIX y XX mitos y leyendas se fueron entretejiendo con la historia patria en un amasijo sincrético. Y, poco a poco, entre mito y realidad se le asignaron a Bolívar los atributos necesarios para encarnar la nación, convirtiéndolo en el Padre de la Patria, así, con mayúsculas. Es por ello que en la actualidad se nos dificulta enormemente la recta comprensión de lo  verdaderamente medular, a la vez que desdibujamos su verdadera significación. La lógica resultante de este proceso es que en la actualidad somos tan bolivarianos los venezolanos como los colombianos, los ecuatorianos y los bolivianos, panameños y peruanos, todos los que integramos los llamados países bolivarianos, absolutamente todos, le rendimos  culto  y veneración. Tanto es así,  que   hasta nos  disputamos  los homenajes. Y si bien es cierto que Bolívar llenó con sus empresas militares un espacio histórico fundamental de la fragua nacional latinoamericana,  consideramos que el uso excesivo, por no decir abuso, de un bolivarianismo fervoroso, mítico, casi religioso, devoto, lo está convirtiendo en un estorbo, que nos impide comprender la  correcta evolución  de nuestras sociedades.

           
Desglosando a los apologistas, rebuscando entre sus detractores, penetrando en sus escritos, en la búsqueda de lo fundamental, no tenemos mas remedio que aceptar un hecho. Bolívar fue un hombre excepcional en su tiempo, y cumplió un papel fundamental en los inicios de nuestras nacionalidades. Hoy yace en el Panteón Nacional, bajo una pesada loza de pareceres, consejas y mitologías. Sin embargo, debemos admitir un hecho, que bolivarianos, aunque nos propongamos lo contrario, somos casi todos los  hispanoamericanos, y esta afirmación,  aunque lo parezca, no es una revelación de fe. La educación formal, a que estamos sometidos todos, cumple cabalmente su papel de adoctrinamiento. Yo he podido comprobarlo durante mis ya largos  años de docencia universitaria. Y aunque los textos son increíblemente aburridos, monótonos, reiterativos, de corte romántico, con un aire decimonónico, cumplen maravillosamente sus objetivos, nos imponen veneración y aburrimiento. Sin embargo, debemos confesar que al  acercarnos   a sus escritos, sin afeites, comprendemos la magnitud de su obra,  e irremediablemente sucumbimos ante su atractiva figura.

 

           
Para ilustrar lo que venimos afirmando  tomemos algunos ejemplos significativos. Bolivariano fue el historiador venezolano Augusto Mijares, quién escribió una de las mejores biografías sobre Bolívar. Podemos decir que El Libertador   de Mijares es una biografía ya clásica,    apologética, con una buena  dosis de revisionismo,   insustituible a la hora de emprender cualquier estudio serio sobre Bolívar[7].Bolivariano también fue el escritor español Salvador de Madariaga[8], considerado persona non grata por la Sociedad Bolivariana de Venezuela. En honor a la justicia, hemos de aceptar que Madariaga en su Bolívar escribió hermosas páginas, en las que se nota su ferviente admiración por el Libertador, y además, debemos reconocerle la rigurosidad de la investigación y el soporte documental.. Sin embargo, cuando apareció el libro, la Sociedad Bolivariana de Venezuela y la Academia Nacional de la Historia consideró a la obra  de Madariaga como un insulto al Padre de la Patria, sin fundamentar sus juicios acertadamente[9]

 

           
En el terreno político también nos encontramos con una situación similar. El primer presidente de Venezuela José Antonio Páez fue antibolivariano cuando encabezó el movimiento separatista de la Gran Colombia, llamado La Cosiata, por el cual Venezuela se separó definitivamente de la unión colombiana. Pero años después, cuando necesitó un basamento político para justificar su regreso al poder, se convirtió en bolivariano. Tanto es así,  que decretó el traslado de los restos de Santa Marta a Caracas. Bolivarianos fueron los mas destacados personajes de la feroz dictadura de Juan Vicente Gómez. Durante su gobierno se  celebró el primer centenario de la independencia.

 


También lo fueron muchos de los más destacados personajes de la última dictadura venezolana del siglo XX, la de Pérez Jiménez. Bolivarianos también son los  socialdemócratas, comunistas, ultraizquierdistas, sacerdotes y hasta los terroristas. Y,  más recientemente, bolivariano se proclama el movimiento político que apoya al  Presidente Hugo Chávez  en Venezuela; Bolivarianos son los llamados círculos; así como también, los guerrilleros de las Fuerzas Armadas de Liberación de Colombia. Bolivariano es Fidel y Pinochet. Bolívar, en fin, ocupa un destacado papel en todas las manifestaciones de la vida social, política, económica, cultural y hasta mágico-religiosa hispanoamericana. Es quizás el Quijote de América, como lo llamó el gran filósofo español,  Don Miguel de Unamuno[10].   

 juanmariamorales@yahoo.es

 


 

[1]      En el Instituto de Investigaciones Históricas Bolivarium  de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, que tuvimos el honor de fundar y dirigir por varios años, se adelanta un ambicioso proyecto titulado: Bibliografía General Bolivariana. del cual hemos editado el primer volumen llamado: Bibliografía Directa de Simón Bolívar.  compilado por Manuel Pérez Vila y Horacio Jorge Beco. Caracas, Universidad Simón Bolívar Colección Bolivarium Serie Bibliografías, 1986. Esperamos que el proyecto se continúe.

[2]    Guillermo Morón:  Reflexiones Heterodoxas sobre Simón Bolívar. “Boletín Academia Nacional de la Historia” (en los sucesivo: B.A.N.H.V)  (Caracas), Vol. LXIII, Número 252.  (1980), pág. 839.

[3]   Alfredo Boulton: El arquetipo iconográfico de Bolívar. Caracas, Edic. Macanao, 1984. En una conferencia dictado por Don Alfredo en el Bolivarium dijo que si Bolívar pudiese caminar en la actualidad por Caracas no se reconocería  a sí mismo ni en las estatuas, ni en las monedas.

[4]   Antes de esta fecha, el 1 de marzo de 1825, la Municipalidad de Caracas acordó levantarle una estatua ecuestre al Libertador,  sobre una columna de mármol, levantada en la Plaza de San Jacinto, justo  frente de la casa natal de Bolívar, pero este decreto municipal  nunca se cumplió, quizás por falta de presupuesto. Tuvieron que pasar 47 años, para que nuevamente se decretase  la erección de la estatua de Bolívar. La primera piedra del monumento  se puso el 11 de octubre de 1874, y fue inaugurada oficialmente, el 7 de noviembre del mismo año. La estatua  es una réplica de la que se encuentra en la Plaza Bolívar de Lima. Actualmente está situada en el centro de la antigua Plaza Mayor de Caracas, que, como hemos dicho,  desde esta fecha  fue rebautizada con el nombre de Plaza Bolívar. Ver:  Graciela Schael Martínez: Historia de la estatua del Libertador en la Plaza Bolívar. Caracas, Ediciones de la Presidencia, 1983.

[5]   Aunque hemos buscado referencias sobre el tema, apenas encontramos alusión al cambio de nombre en el Diccionario de Historia de Venezuela tomo I, página 689.

[6]   Artículo 4, de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Barranquilla, 2000,  página 3.

[7]   Augusto Mijares: El Libertador. Caracas, Edic. de la Presidencia, 1987

[8]   Salvador de Madariaga: Bolívar. Madrid, Espasa-Calpe, 1975, 2 vols.

[9]   A este tema le dedicó la Academia Nacional de la Historia los boletines 135 y 136. Posteriormente siguieron apareciendo críticas, muchas de las cuales contestó el propio Madariaga en las reediciones de su obra, hasta hoy  los venezolanos seguimos viendo mal el Bolívar de Madariaga. Ver la Declaración de la Academia Nacional de la Historia sobre el Bolívar del Señor Madariaga. B.A.N.H.V (Caracas) Vol. XXXIV, Nº 135 (1951) pp.233-234. Y: El Centro Bolivariano de Historia condena la obra de Madariaga  B.A.N.H.V (Caracas) Vol. XXXV, Nº 138 (1952) pp 115-116..  Catorce años después de la primera declaración: La Academia reitera su declaración sobre el Bolívar de Salvador de Madariaga. B.A.N.H.V. (Caracas) Vol. XLVIII, Nº 191 (1965), pp. 446. Uno de los grandes críticos fue Vicente Lecuna, quién antes de aparecer la obra fue amigo personal de Madariaga. Recomendamos ver los Boletines de la Academia y de la Sociedad Bolivariana de Venezuela entre 1950 y 1953, donde encontrarán una representativa cantidad de artículos sobre el tema.

[10] Miguel de Unamuno: Don Quijote Bolívar Caracas, Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1983.
 




Los Cuentos de Juan María
La Casa de la Cultura de  Carora era Juan Martínez y Juan Martínez era la Casa de la Cultura de Carora

Por Juan María Morales Álvarez

 

El cuento de hoy va de cultura, culturosos, artistas, cantantes, instrumentistas, pintores, historiadores, artesanos, aplaudidores, gente de mal vivir y buenas intenciones. Porque de todo existe en la viña del señor, como diría mi compadre el reverendo Beto. Tiene mucho que ver conmigo y   mi generación de cincuentones, porque buena parte de  las preocupaciones sociales, culturales y hasta políticas que, como generación compartimos, provienen de nuestra primera escuela, La Casa de la Cultura de Carora. Y, de nuestro primer maestro, Juan Martínez Herrera, por qué no reconocerlo a los cuatro vientos del ciberespacio. Aunque pensándolo bien, no debe haber vientos en el ciberespacio. En ese extraño mundo más bien deben existir ondas eléctricas y satélites, y examinadores del mundo agazapados, para apropiarse de las buenas intenciones. Recuerdan aquellas películas de computadoras diseñadas para controlar el universo y el libro: Un mundo feliz de Huxley.

Dejemos las fantasías, no importa que las intenciones de Rolando y Emma sean las de controlarnos por el coroto éste, debemos agradecerle el servicio que nos prestan, aunque decidan controlarnos.

Volviendo al cuento de hoy, la verdad del movimiento cultural caroreño de los años 60 en adelante, hay que buscarla en el título de este cuento. Sin Juan no existiría el movimiento cultural que, partiendo de una gente que quería cantar, Juan incluido, les dio albergue a otros que querían pintar, y a otros más que querían tocar. También se les abrió espacio a los de más allá, que querían ver cine, y a  aquellos otros que se reunían en el Interact Club. Fue así como aparte de cantantes, que siempre fueron los más importantes, se reunieron: ceramistas, artesanos, tamunangueros y cuentistas. Para decirlo en dos palabras, artistas de levita y de alpargata llegaron contentos unos, graves otros, ocurrentes, bohemios, un poco borrachos, de frac y toga de orfeonistas, junto con aplaudidores de franelita se unieron a la procesión. Fue así como todos  nos congregamos al lado de aquel hombre, bajito de estatura, musculoso, nervioso, rubio, de bigotes, cantante, músico, dentista de profesión, ocurrente, divertido, maniático y fumador empedernido, y hay veces insoportable, con un notable parecido físico, a la imagen que todos tenemos, por los libros de historia, del  general federalista Ezequiel Zamora. Aparte de todo esto, el Dr.  Juan Martínez Herrera, mi muy querido Juan, era una de las personas más bellas y generosas que he conocido en mi vida.

Caraqueño de nacimiento, hijo del maestro Martínez Centeno, caroreño por decisión, adopción, y por amor a su esposa Teresita, y a sus hijos biológicos: María Teresa, Juan Tomás, Carolina y Jaime y a una lista interminable de hijos adoptivos, entre los que quiero que me cuenten, que fuimos aquellos caroreños vinculados la Casa de la Cultura y al movimiento que giraba en su entorno. Hoy, en el mezzo de mi vida,  pienso que Juan nunca llegó a saber cuál era su verdadera significación en  mi generación. Si lo llega a entender se aterra, porque él  nunca pretendió ser el magister dixi  de la época antigua. Supongo que  alguna vez aspiró a convertirse en el maestro indirecto. Y es que Juan Martínez, usando el lenguaje del Chavo, hacía las cosas sin querer queriendo.  Por eso, sin querer queriendo, fuimos aprendiendo a valorar a los maestros Alirio Díaz, Rodrigo Riera y Don Pío Alvarado. Sin querer queriendo escuchamos a Mozart, Bach y al Indio Figueredo. Sin querer queriendo, como dice mi gran amigo Pablo Arapé, Juan nos enseñó a reverenciarlos a todos, compartiendo el mismo  nicho. El que nos gustase más uno u otro, no era la consecuencia del análisis  del legado cultural, o del curriculum académico del artista; obedecía más bien, al gusto particular de cada uno de nosotros.  Fue así como sin querer queriendo aprendimos a escuchar buena música, nos acostumbramos a ir a conciertos. Muchos aprendieron a cantar y a tocar y a mí, que en vez de oído tengo oreja, no me quedó otro remedio que resignarme a ser un  aplaudidor, contador de cuentos, e historiador de oficio.


Así como la generación de mi padre tuvo la marca indeleble de Chío Zubillaga, a quien llamaron maestro de juventudes. La nuestra dispuso de la mano amiga, amble y de la armonía musical de Juan Martínez, que supo entregar buena parte de su esfuerzo vital, sin pedir compensación ninguna. Juan emprendió la ruda labor de  cimentar  las bases de  unas instituciones culturales, partiendo de cero, que sobrevivieron a su desaparición física, y aglutinan en la actualidad, el movimiento cultural caroreño de hoy en día. Dos discípulos de  Juan y de la Casa de la Cultura están hoy al frente. Me refiero, claro está, a Cécil y a Yuyita, quienes juntos, desde hace años dirigen el movimiento cultural caroreño con buen criterio, a lo que le debemos añadir virtudes como la  formación académica, equidad, rectitud,  amor y  desprendimiento.

Además de sus hijos biológicos Juan y Jaime, artistas consagrados en sus disciplinas respectivas, sus hijas Maria Teresa y Carolina, sin llegar al virtuosismo musical de sus hermanos, por decisión, elección,  o por circunstancias de la vida, también fueron, o son, hace muchos años que no las veo, virtuosas ejecutantes de instrumentos musicales, además de profesionales de provecho. María Teresa es médico y Carolina Ingeniero de Sistemas. Hoy se dirá: médica e ingeniera, disculpen mi machismo que revela mi edad.  Juan estaría muy orgulloso de todos sus hijos biológicos. Y lo debe estar Teresita, su esposa, compañera de vida, colega de profesión,  y cómplice de aficiones. Protagonista principal de la caroreñidad de nuestro maestro,   Teresita fue  la responsable principal de la llegada y más que todo de la quedada definitiva de Juan en  nuestras tierras. Yo creo fervientemente aquello que detrás de un gran hombre, siempre existe una gran mujer. Así que mucho le debemos nosotros a Teresita Yépez de Martínez, nunca tendremos como pagárselo.

De la Casa de la Cultura de Carora surgieron buenos músicos, guitarristas como Alirio Camacaro, que hace más de 20 años reside en Madrid, impartiendo clases en uno de los conservatorios de la capital española. Buen amigo mío es Don Alirio, cada vez que nos vemos en Madrid, hablamos hasta el cansancio, siempre de Juan y de la Casa de la Cultura. Otro de los músicos es Felipe Izcaray, en la actualidad dirige la Orquesta Sinfónica de Salta. Su esposa Norma Pinto, culturosa compañera de aficiones, escribe maravillosamente. A los músicos   debemos unirnos un sinfín de hombres y mujeres de bien, que, con la rectitud y ética aprendida en aquella época, tratamos de sortear las trampas de la vida, con un sentimiento de superación permanente, que muchos aprendimos en la vieja Casa de la Cultura de Carora, escuchando música, viendo cine, leyendo libros,  asistiendo al teatro,   a conciertos, o simplemente prestando ayuda atenta, aprendimos a formar parte de una comunidad y supimos que era nuestro deber luchar por el mejoramiento paulatino de todos sus miembros.

Y es con Juan y en la Casa de la Cultura hicimos patria, en el buen sentido del término, dejando de lado politiquerías y falsos nacionalismos. En la Casa de la Cultura aprendimos a querer a nuestro país y hasta a llorarlo, sin avergonzarnos. Conocimos nuestros valores y nuestra cultura, sin el menosprecio de esa absurda clasificación de cultura popular y  clásica, la cultura para mí simplemente es buena o mala. Por todo ello y por mucho más, pienso que mi generación le debe una estatua a  nuestro maestro, Juan Martínez Herrera. Por eso les propongo a todos los que nos sintamos parte de la Casa de la Cultura que escribamos algo parecido a esto o que lo contradiga, eso no importa. Nadie tiene la verdad en la mano para metérsela a cogotazos a los demás. Escritos y recopilados los materiales en este lugar virtual que nos presta Rolando, podemos pensar hasta en editar un libro, u otra cosa que con prudencia y armonía musical pudiera  llamarse Juan Martínez y la Casa de la Cultura de Carora  Busquemos un título adecuado. Aquí termina el cuento de hoy. Saludos virtuales desde Caracas. Espero sus respuestas.

El cuento de hoy va de cultura, culturosos, artistas, cantantes, instrumentistas, pintores, historiadores, artesanos, aplaudidores, gente de mal vivir y buenas intenciones. Porque de todo existe en la viña del señor, como diría mi compadre el reverendo Beto. Tiene mucho que ver conmigo y   mi generación de cincuentones, porque buena parte de  las preocupaciones sociales, culturales y hasta políticas que, como generación compartimos, provienen de nuestra primera escuela, La Casa de la Cultura de Carora. Y, de nuestro primer maestro, Juan Martínez Herrera, por qué no reconocerlo a los cuatro vientos del ciberespacio. Aunque pensándolo bien, no debe haber vientos en el ciberespacio. En ese extraño mundo más bien deben existir ondas eléctricas y satélites, y examinadores del mundo agazapados, para apropiarse de las buenas intenciones. Recuerdan aquellas películas de computadoras diseñadas para controlar el universo y el libro: Un mundo feliz de Huxley. Dejemos las fantasías, no importa que las intenciones de Rolando y Emma sean las de controlarnos por el coroto éste, debemos agradecerle el servicio que nos prestan, aunque decidan controlarnos. 

 
Volviendo al cuento de hoy, la verdad del movimiento cultural caroreño de los años 60 en adelante, hay que buscarla en el título de este cuento. Sin Juan no existiría el movimiento cultural que, partiendo de una gente que quería cantar, Juan incluido, les dio albergue a otros que querían pintar, y a otros más que querían tocar. También se les abrió espacio a los de más allá, que querían ver cine, y a  aquellos otros que se reunían en el Interact Club. Fue así como aparte de cantantes, que siempre fueron los más importantes, se reunieron: ceramistas, artesanos, tamunangueros y cuentistas. Para decirlo en dos palabras, artistas de levita y de alpargata llegaron contentos unos, graves otros, ocurrentes, bohemios, un poco borrachos, de frac y toga de orfeonistas, junto con aplaudidores de franelita se unieron a la procesión. Fue así como todos  nos congregamos al lado de aquel hombre, bajito de estatura, musculoso, nervioso, rubio, de bigotes, cantante, músico, dentista de profesión, ocurrente, divertido, maniático y fumador empedernido, y hay veces insoportable, con un notable parecido físico, a la imagen que todos tenemos, por los libros de historia, del  general federalista Ezequiel Zamora. Aparte de todo esto, el Dr.  Juan Martínez Herrera, mi muy querido Juan, era una de las personas más bellas y generosas que he conocido en mi vida. 

           
Caraqueño de nacimiento, hijo del maestro Martínez Centeno, caroreño por decisión, adopción, y por amor a su esposa Teresita, y a sus hijos biológicos: María Teresa, Juan Tomás, Carolina y Jaime y a una lista interminable de hijos adoptivos, entre los que quiero que me cuenten, que fuimos aquellos caroreños vinculados la Casa de la Cultura y al movimiento que giraba en su entorno. Hoy, en el mezzo de mi vida,  pienso que Juan nunca llegó a saber cuál era su verdadera significación en  mi generación. Si lo llega a entender se aterra, porque él  nunca pretendió ser el magister dixi  de la época antigua. Supongo que  alguna vez aspiró a convertirse en el maestro indirecto. Y es que Juan Martínez, usando el lenguaje del Chavo, hacía las cosas sin querer queriendo.  Por eso, sin querer queriendo, fuimos aprendiendo a valorar a los maestros Alirio Díaz, Rodrigo Riera y Don Pío Alvarado. Sin querer queriendo escuchamos a Mozart, Bach y al Indio Figueredo. Sin querer queriendo, como dice mi gran amigo Pablo Arapé, Juan nos enseñó a reverenciarlos a todos, compartiendo el mismo  nicho. El que nos gustase más uno u otro, no era la consecuencia del análisis  del legado cultural, o del curriculum académico del artista; obedecía más bien, al gusto particular de cada uno de nosotros.  Fue así como sin querer queriendo aprendimos a escuchar buena música, nos acostumbramos a ir a conciertos. Muchos aprendieron a cantar y a tocar y a mí, que en vez de oído tengo oreja, no me quedó otro remedio que resignarme a ser un  aplaudidor, contador de cuentos, e historiador de oficio. 

           
Así como la generación de mi padre tuvo la marca indeleble de Chío Zubillaga, a quien llamaron maestro de juventudes. La nuestra dispuso de la mano amiga, amble y de la armonía musical de Juan Martínez, que supo entregar buena parte de su esfuerzo vital, sin pedir compensación ninguna. Juan emprendió la ruda labor de  cimentar  las bases de  unas instituciones culturales, partiendo de cero, que sobrevivieron a su desaparición física, y aglutinan en la actualidad, el movimiento cultural caroreño de hoy en día. Dos discípulos de  Juan y de la Casa de la Cultura están hoy al frente. Me refiero, claro está, a Cécil y a Yuyita, quienes juntos, desde hace años dirigen el movimiento cultural caroreño con buen criterio, a lo que le debemos añadir virtudes como la  formación académica, equidad, rectitud,  amor y  desprendimiento.   

 
Además de sus hijos biológicos Juan y Jaime, artistas consagrados en sus disciplinas respectivas, sus hijas Maria Teresa y Carolina, sin llegar al virtuosismo musical de sus hermanos, por decisión, elección,  o por circunstancias de la vida, también fueron, o son, hace muchos años que no las veo, virtuosas ejecutantes de instrumentos musicales, además de profesionales de provecho. María Teresa es médico y Carolina Ingeniero de Sistemas. Hoy se dirá: médica e ingeniera, disculpen mi machismo que revela mi edad.  Juan estaría muy orgulloso de todos sus hijos biológicos. Y lo debe estar Teresita, su esposa, compañera de vida, colega de profesión,  y cómplice de aficiones. Protagonista principal de la caroreñidad de nuestro maestro,Teresita fue  la responsable principal de la llegada y más que todo de la quedada definitiva de Juan en  nuestras tierras. Yo creo fervientemente aquello que detrás de un gran hombre, siempre existe una gran mujer. Así que mucho le debemos nosotros a Teresita Yépez de Martínez, nunca tendremos como pagárselo.

De la Casa de la Cultura de Carora surgieron buenos músicos, guitarristas como Alirio Camacaro, que hace más de 20 años reside en Madrid, impartiendo clases en uno de los conservatorios de la capital española. Buen amigo mío es Don Alirio, cada vez que nos vemos en Madrid, hablamos hasta el cansancio, siempre de Juan y de la Casa de la Cultura. Otro de los músicos es Felipe Izcaray, en la actualidad dirige la Orquesta Sinfónica de Salta. Su esposa Norma Pinto, culturosa compañera de aficiones, escribe maravillosamente. A los músicos   debemos unirnos un sinfín de hombres y mujeres de bien, que, con la rectitud y ética aprendida en aquella época, tratamos de sortear las trampas de la vida, con un sentimiento de superación permanente, que muchos aprendimos en la vieja Casa de la Cultura de Carora, escuchando música, viendo cine, leyendo libros,  asistiendo al teatro,   a conciertos, o simplemente prestando ayuda atenta, aprendimos a formar parte de una comunidad y supimos que era nuestro deber luchar por el mejoramiento paulatino de todos sus miembros.

Y es con Juan y en la Casa de la Cultura hicimos patria, en el buen sentido del término, dejando de lado politiquerías y falsos nacionalismos. En la Casa de la Cultura aprendimos a querer a nuestro país y hasta a llorarlo, sin avergonzarnos. Conocimos nuestros valores y nuestra cultura, sin el menosprecio de esa absurda clasificación de cultura popular y  clásica, la cultura para mí simplemente es buena o mala. Por todo ello y por mucho más, pienso que mi generación le debe una estatua a  nuestro maestro, Juan Martínez Herrera. Por eso les propongo a todos los que nos sintamos parte de la Casa de la Cultura que escribamos algo parecido a esto o que lo contradiga, eso no importa. Nadie tiene la verdad en la mano para metérsela a cogotazos a los demás. Escritos y recopilados los materiales en este lugar virtual que nos presta Rolando, podemos pensar hasta en editar un libro, u otra cosa que con prudencia y armonía musical pudiera  llamarse Juan Martínez y la Casa de la Cultura de Carora  Busquemos un título adecuado. Aquí termina el cuento de hoy. Saludos virtuales desde Caracas. Espero sus respuestas.

juanmariamorales@yahoo.es




Los Cuentos de Juan María

Mi cultura de vitrina

Por Juan María Morales Álvarez
 

Este es un cuento de libros, confieso que he pasado buena parte de mi vida rodeado de ellos. Han sido  buenos compañeros de vida. Mi afición por los libros se debe a varias razones. No era el producto de una innata propensión al estudio, o a la investigación. No lo vayan a creer, ese vicio vino mucho después. No, las razones son otras, una de ellas era que la recepción de la  televisión  en la Carora de mi niñez era muy mala, y nosotros, de niños, apenas podíamos ver un montón de rayas en blanco y negro, e imaginarnos  todo lo demás.  Fue así como entre la pésima recepción de los aparatos, el calor insoportable y los mosquitos criminales, decidí que lo mejor era no ver televisión.  Y para no aburrirme, leía libros. Los libros tenían muchas ventajas, no se enchufan y se pueden leer en hamaca, con ventilador, en el monte, en la plaza, debajo de la matica, o del poste, y, donde quiera que podamos disponer de buena luz. Gracias a Dios, el sol alumbra maravillosamente todo el año, y es una de las pocas cosas gratis en nuestras zonas equinocciales. Otra poderosa razón es mi gran miopía. Nací con ella y la sigo padeciendo, disimulada con los lentes de contacto, fue la causante de muchas de mis incapacidades. 

 
Como dije anteriormente yo soy miope de nacimiento, pero no me pusieron lentes hasta que llegué a primer año de bachillerato, y yo,  inconsciente de mi limitación visual, creía que todo el mundo veía igual de mal que yo, y nunca me quejé. Por culpa de la miopía, y la falta de preocupación de mis antecesores tengo mala letra, nunca pude dibujar nada, porque simplemente veía mal la pizarra. Tampoco jugué  béisbol, por la sencilla razón de que nunca vi la pelota. Menos aún, ping-pong, la pelota es más chiquita. Y, cuando tuve edad para el billar, ni siquiera me atreví. Yo, sugestionado por el ambiente, y convencido por las evidencias de mi torpeza, pensaba que era como decía todo el mundo, un zurdo maneto.  Sin remedio acepté como un dogma de fe mis limitaciones manuales, por aquello de zurdo maneto. De la misma forma que nunca pude cantar, porque en vez de oído, tengo orejas, ni bailar, por torpe y sordo, padecí en silencio mis limitaciones reales y las inventadas. Por ello llegué a la conclusión que no me quedaba otro remedio que leer. A los libros, que los miopes podemos leer, hasta sin lentes, con la edad que me acompaña. Eso sí, con el libro de la nariz pegada. Quizás por todas estas razones me dediqué al estudio de la historia. Ejercitando mi profesión podía ejercitar lo que mejor sabía hacer,  que era leer. Fue así como convertí mi afición o mis limitaciones reales e inventadas en un oficio, del que he vivido hasta hoy, cuando cumplo medio siglo. 

             
Mi predilección  por los libros siempre tropezó con un pequeño inconveniente, y es la razón del título de este cuento: Mi cultura de vitrina. Y es que la mayoría de los libros que necesité leer en toda mi vida, casi siempre estaban metidos en una vitrina ajena y nunca me dejaban las llaves. No vaya a ser que ese muchacho torpe, zurdo y maneto, los rompa. La primera vitrina con libros de que tengo conciencia no era ajena,  estaba encima de  un escritorio de madera, pintado de marrón, en el cuarto grande, de la casa de mi abuelo Pedro Nolasco, donde dormía Ricardo mi tío y yo, cuando me quedaba con los abuelos. Allí se guardaban los libros viejos que habían sido de mis tíos abuelos. Uno de ellos había sido escrito por uno de ellos, era la: Historia de la Psiquiatría en Venezuela.  Confieso que nunca lo pude leer,  lo encontré muy aburrido y nunca pasé de las dos primeras páginas, hoy quisiera leerlo. También recuerdo que encuadernado en pastas verdes, estaba en esa vitrina La Madre de Máximo Gorki,  un dramón infame sobre las luchas del pueblo ruso contra las injusticias de la oligarquía, ése si lo leí completo y hasta me gustó. Los nuevos eran de mi tío Ricardo, que más que tío, era como mi hermano mayor, dada la diferencia de edad. De los de Ricardo recuerdo una colección de Selecciones, que leí en muchas noches de insomnio, aterrado por los fantasmas de la casa, que me horrorizaban por las noches, en la casa de abuelo, aunque  nunca los pude ver, a lo mejor por la misma miopía. Yo no creo en brujas, pero de vuelan, vuelan. Eran aquellas revistas norteamericanas, donde se publicaban artículos sobre las ventajas de ser paralítico y cosas por el estilo. Estas son parte de lo que yo llamo, a lo mejor por pedantería, mis lecturas perdidas. 

           
Las vitrinas me persiguieron durante toda mi vida. Otra de las vitrinas de mi niñez era la de Don Pablo Arapé, optometrista, padre de mi gran amigo Pablito. De esta vitrina recuerdo muchas novelas juveniles, que nos prestaba Don Pablo, editadas en Buenos Aires, por la colección Tor. Recuerdas Pablo: El Conde de Montecristo, Los caballeros de la mesa redonda y cosas por el estilo, que leímos jugando a ver cuál de los dos podía leer mayor número de páginas en un día. Cuando nos aburríamos de los libros, leímos tiras cómicas, los suplementos.   Así llamamos a los comics de la época.  Al lado de las grandes novelas, leímos también muchos cuentos de Superman, El Capitán América, y los personajes de Disney. También me acuerdo de las vitrinas de la casa del Dr. Paúcho, donde había muchos libros. Eran tantos, que hasta los intentamos clasificar una vez el hoy padre Beto, Gerardo Castillo y yo. De esta biblioteca recuerdo Las confesiones de Rousseau y una Historia de América del gran historiador argentino Ricardo Levene, que pertenecieron a Ramón Pompilio Oropeza. la mayoría de  los libros estaban bajo llave, en varias vitrinas, diseminadas por toda la casa. Cuando empecé a visitar Bibliotecas, en Carora estaban las vitrinas de la vieja Biblioteca Riera Aguinagalde, que funcionaba en unos cuartos en la calle Bolívar, donde pedía libros prestados. Cuando la última inundación de Carora, la Riera Aguinagalde estaba en la Casa de la Cultura nueva y Gerardo Castillo y yo salvamos de la pérdida total los fondos de la Riera Aguinagalde, entrando por el solar de su casa. Sus fondos no pasaban de mil ejemplares. Ahora entienden el fundamento de mi cultura de vitrina. 

           
Las vitrinas no se acabaron en Carora, me siguen torturando hasta hoy. Cuando me fui a Mérida, a estudiar mi licenciatura en la ULA, rememoro con un dejo de nostalgia, las vitrinas de la hemeroteca de la Facultad. Allí supe que gran parte de los nuevos conocimientos estaban en revistas especializadas y no en libros. En devoción, casi religiosa, mi único compañero de estudios, otro caroreño amigo, Luis Cortés Riera y yo  nos impusimos visitar todas las tardes, como deber religioso, la Hemeroteca de la Facultad y la de  la Biblioteca Central, donde siempre que levantamos la vista, nos encontramos rodeados de vitrinas, donde estaban alineadas las revistas. Después, en la Casa Museo de Colón,  donde funcionaba el Departamento de Historia de América de la Universidad de Valladolid, las revistas estaban en vitrinas. Para consultarlas era necesario buscar las llaves y tener en la mano revistas como: el Anuario de Estudios Americanos o el Boletín de la Academia Nacional de la Historia, junto a la Revista de Indias y los Cuadernos Hispanoamericanos. Y así, ya con la lectura como oficio sedimenté mi cultura de vitrina,  consultando muchas  en la Biblioteca de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, en la Biblioteca del Palacio Real, en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia y en la del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en Madrid. En Caracas seguí y sigo hasta hoy consultando las vitrinas de la Academia Nacional de la Historia, de la Biblioteca Nacional, o del Archivo General de la Nación y tantas otras que he tenido necesidad de revisar, ejerciendo  mi oficio de lector. Por eso digo que mi cultura es de vitrina. 

           
Y es que esas vitrinas me impiden el contacto táctil con el libro, que considero muy importante. Es algo  así como una comunicación sensual con la obra. Siempre me   maravillosa la Sala general de Biblioteca Nacional de Madrid, donde la estantería es abierta. Como siempre he sido un fumador incorregible, cuando  salía de la sala de lectura para fumar, podía tomar un libro de los estantes, verlo, leerlo, revisarlo y tocarlo, que es lo que se debe hacer con los libros. En la Biblioteca Central de la Universidad Simón Bolívar pasa lo mismo, a excepción de la hemeroteca, los fondos tienen una estantería es abierta y no hay vitrinas que impidan la comunicación con el libro. Esto es una maravilla. Por eso, en mi casa, mis libros y los de mi esposa no están en vitrinas. Se conservan en estantes abiertos, sin llaves, ni vidrios. Allí los libros te esperan alineados en el estante para conversar contigo como una novia, o una amante ansiosa. Abrazos virtuales desde Caracas. Espero sus opiniones.

juanmariamorales@yahoo.es