Impresionantre caso de la vida real
El instinto de una madre
Especial.-


Madre e hija


 

 




Se negó a creer que Delimar había muerto en el incendio, porque nunca vio su cadáver... Aquí, la historia de Luzaida Cuevas, que reconoció a su hija seis años después de su misteriosa desaparición.

La recién nacida Delimar Vera —tenía entonces solo 10 días— dormía en el segundo piso de la casa de sus padres en Filadelfia. Era el año 1997. En eso, y de manera más bien inexplicable, se desató un incendio que en cosa de pocos minutos consumió enteramente la habitación donde dormía la niña. Luzaida Cuevas, que se encontraba en el living, conversando con una prima política de su marido, Carolyn Correa, se puso a gritar desesperada: ‘¡La niña! ¡La niña!’. Subió a pasos largos la escalera que conducía al segundo piso para encontrarse con una masa de humo y fuego que la tiró, literalmente, de vuelta a la escalera. Avanzó una segunda vez, decidida a rescatar a su hija, y cuando logró entrar en la habitación se encontró con que entre las cenizas y escombros se hallaban los restos de la cuna, vacía, y la ventana estaba abierta. En ese momento no supo cómo explicárselo, pero lo cierto es que la niña no se veía por ninguna parte, ni huellas suyas.

Al cabo de 14 minutos, los bomberos lograron controlar el fuego y rápidamente subieron al cuarto siniestrado. No había quedado prácticamente nada. Las llamas habían dado cuenta de todo cuanto había en la pequeña habitación y, aparentemente, también del cuerpo de la niña. En un momento dado creyeron encontrar sus restos, era un bulto, un amasijo irreconocible. Pero luego comprobaron que se trataba de un pedazo de colchón chamuscado. Lo cierto es que nunca se halló ni un rastro de Delimar, y aunque la policía de Filadelfia no extendió un certificado de defunción, la dieron por consumida entre las llamas.

La tarde de la tragedia, Carolyn Correa se dedicó a consolar a Luzaida y su marido. Ella misma estaba embarazada y comprendía el dolor de sus parientes. Hasta aquí esto no era más que otra lamentable desgracia, otro incendio debido, seguramente, a pobres instalaciones eléctricas o al descuido de los moradores. En ese instante a nadie se le ocurrió volver los ojos hacia la visita que estaba en la casa en el momento de los hechos.

Carolyn Correa, de 42 años, vivía en Willingboro, New Jersey, y tenía un novio. Aparentemente, y de acuerdo con las declaraciones posteriores de su novio, ella estaba embarazada. Incluso Luzaida Cuevas y Pedro Vera, su marido, aseguran que estaba embarazada.

Mirando las cosas con la perspectiva del tiempo, la falta de evidencia —nunca se encontraron los restos de la niña— debió de haber bastado para que la Policía entendiera que no se encontraban frente a la investigación de una muerte, sino de una desaparición. Pero no fue así. Ese 15 de diciembre de 1997, cuando los bomberos buscaron entre los escombros sin encontrar nada, prácticamente dieron por cerrado el caso. De la niña, nada. El 16 de diciembre aparece escrito en el informe médico: ‘No hubo un positivo ni significativo reconocimiento de ningún resto humano’. Para estar más seguros de su afirmación, al día siguiente la Policía envió al lugar del incendio a Thomas Crist, un antropólogo forense que estaba haciendo un doctorado en la Universidad de Temple. ‘El médico y yo analizamos todas la posibilidades de encontrar los restos de la criatura, cubrimos pulgada a pulgada el lugar y finalmente certificamos que el fuego había dado cuenta de sus restos’, declaró Crist.

Luzaida no lo creyó así. Desde el primer momento intentó hacerse escuchar por las autoridades de Filadelfia. Ella estaba segura de que la niña tenía que estar en alguna parte. Ella había dejado la ventana cerrada, ¿quién la había abierto y por qué?

De acuerdo con las declaraciones del jefe de Policía, hoy, en el momento de los hechos no les fue posible entender a Luzaida, hablaba un pobrísimo inglés y su marido, quien no creía que la niña estuviese con vida, no la secundó en su empeño. En todo caso, la policía de Filadelfia está recibiendo muchas críticas. ‘Si las autoridades aprendieran a hacer bien su trabajo esta historia no se repetiría nunca más’, editorializó el Philadelphia Enquirer. Y desde diversos sectores se ha criticado el descuido de esta Policía que no se dio el trabajo de investigar a fondo antes de dar a la niña por muerta.

'Nunca dejé de pensar en ella’

Pese a los oídos sordos con que fue encontrándose en el camino, Luzaida no cejó. Su niña estaba viva. No sabía dónde ni con quién, pero sabía que no había muerto en aquel incendio. No había manera de explicar su desaparición, sin embargo, algunos indicios, como el hecho de que esa ventana estuviese misteriosamente abierta, apuntaban a un secuestro.

Así y todo, el caso se cerró y sus padres emprendieron la vida tratando de olvidar lo inolvidable. ‘En ningún momento, nunca, dejé de pensar en ella. Y algo me decía que andaba por ahí, que estaba viva, que estaba cerca de nosotros’, declaró Luzaida a la prensa.

En un momento dado, Luzaida se separó de su marido y, por lo tanto, no volvió a ver a Carolyn, la prima de este.

Pasaron 6 años.

El 24 de enero recién pasado, Luzaida Cuevas fue a la fiesta de cumpleaños de un niño, hijo de otro pariente. En la fiesta estaba también Carolyn Correa y su hija, de 6 años, Aaliyah Hernández. Fue un momento, un chispazo, una mirada, un gesto. Clave. En un instante vio a la niña, la vio sonreír, le vio los ojos, los modos y supo sin lugar a dudas que esa niñita era su hija. ‘Lo supe aquí, en el corazón’. Era igual a sus otros dos hijos, extraordinariamente parecida a ella misma, ‘tenía un aire tan familiar, tan familiar, que de inmediato supe que no era hija de Carolyn, sino mi hija desaparecida’.

En ese instante no le dijo una palabra a nadie. Lo que hizo fue acercarse disimuladamente a la niña y hacerse la que le sacaba un chicle que tenía pegado en el pelo. Le arrancó, sin que la niña se diera cuenta, tres hebras de cabello, las envolvió cuidadosamente en una servilleta y al día siguiente llevó su precioso paquete a la oficina de Angel Cruz, el representante estatal de Filadelfia.

’Llegó a mi despacho y explicó lo que había sucedido, me contó lo del incendio 6 años antes, me dijo que siempre había creído que su hija estaba viva en alguna parte, que se lo había dicho mil veces a la Policía, pero no le entendían el inglés, no había sido capaz de darse a entender de manera que la Policía tomara realmente cartas en el asunto. Yo le creí, me parecía una historia casi inverosímil, pero la vi tan convencida, tan absolutamente segura de que esa niñita era su hija, que le creí. Me di cuenta de que entre ella, que es de Puerto Rico, y la policía de Filadelfia se produjo una terrible barrera con el idioma. No lograron entenderla y la mujer estaba prácticamente sola en su empeño de encontrar a su hija. Nadie le creía que la niña estaba viva. A mí me emocionó su historia y, sobre todo, su coraje y su convicción. Esa mujer estaba absolutamente segura de que la niña que vio en el cumpleaños era su hija, que había desaparecido 6 años antes. Me dispuse a ayudarla’.

Cruz hizo examinar los cabellos de la niña y al cabo de unos días los expertos del laboratorio de criminología se encontraron ante la espectacular noticia: efectivamente, el ADN del cabello de la niña demostraba, sin lugar a dudas, que la madre era Luzaida Cuevas.

Lo que vino después fue una loca carrera en donde entraron varios factores en consideración. Lo primero era velar por la seguridad y bienestar sicológico de la niña. ¿Cómo se le dice a una niña de 6 años que quien ha sido su madre toda su vida no es su madre, sino su secuestradora, y que otra mujer, a quien apenas conoce, es su verdadera mamá? ¿Y qué iba a pasar con Carolyn Cuevas?

Antes de que la Policía emprendiera su búsqueda, Carolyn Cuevas se presentó voluntariamente, asegurando que debía de tratarse de algún malentendido, ya que la madre de la niña era ella, ella la había criado, era su hija. Se le hizo ver el resultado del ADN y ella se puso a llorar y a gritar: ‘¡Quiero ver a mi niña!’. Después se supo que con la ayuda de otra persona, cuyo nombre y paradero se desconocen, secuestró a la niña y luego prendieron fuego a la habitación para simular que había muerto entre las llamas.

Pero existe otro problema. ¿Ella no estaba embarazada en el momento de los hechos? Y si estaba embarazada, ¿qué ocurrió con el niño o niña que estaba esperando? ¿Nació esa criatura? Y aquí entra en escena su novio de ese tiempo: Andre Moore. Hacía tiempo que estaban saliendo juntos, dijo Moore, y en un momento ella quedó embarazada. ‘Efectivamente, parecía embarazada. Después dejamos de vernos y cuando ella dio a luz me dijo que había sido una niña, que la iba a llamar Aaliyah y que era mi hija. Siempre tuve dudas de si yo era el padre, así que dos años más tarde, en 1999, me hice el test de la paternidad y el resultado fue que yo no era padre de Aaliyah. Ahora me pregunto, ¿qué fue del hijo que ella estaba esperando cuando ocurrió el incendio? ¿Es hijo mío? ¿Y dónde está? Es una historia sumamente traumática para mí’.

Negra historia de Carolyn
Carolyn Correa ya había sido acusada de incendiaria una vez. Unos años antes incendió una oficina médica donde trabajaba, porque la habían despedido.

Aun cuando en círculos policiales se cree que este caso se ha solucionado, y de la mejor manera posible —una madre se ha reunido con una hija que creía perdida y la responsable del crimen está bajo custodia— los investigadores se sujetan la cabeza con las dos manos, sin lograr entender cómo fue que Carolyn pudo convencer a su gente y a sus conocidos de que estaba embarazada, hace 6 años, si no lo estaba. Lo cierto es que de un día para otro apareció con una recién nacida en los brazos diciendo que había dado a luz en su casa. ¿Y nadie lo puso en duda? ¿A nadie se le ocurrió pensar que esa niñita podía ser la niña desaparecida en el incendio?

En el momento del hallazgo, Carolyn Correa vivía en una casucha descascarada en Willingboro, a la orilla del río Delaware en Filadelfia. Los periodistas del Philadelphia Enquirer se acercaron a la casa y encontraron muebles rotos en el patio, neumáticos reventados debajo de un árbol y un silencio lunar rodeando la casa. No había nadie. Jeffer Murray, su vecino, les dijo que ‘Carolyn era una buena madre. Adoraba a la pequeña, la mimaba, le daba el gusto en lo que ella quisiera, hacía todo por esa niñita’.

El tribunal de New Jersey no tardó ni una semana en darle la custodia de la niña a su verdadera madre y derechos de visita al padre. En un primer momento y hasta que las cosas volvieran a una cierta normalidad y se preparara sicológicamente a la niña, esta quedaría bajo custodia en New Jersey.

El primer encuentro entre madre e hija
Quienes estuvieron presentes dijeron a la prensa que nunca habían visto nada más impresionante. La niña corrió hacia su nueva madre y cuando llegó frente a ella se detuvo, en un gesto de evidente rechazo. Y la madre, confundida también, la abrazó y se echó a llorar. ‘Fue el día más importante de mi vida. Me siento realmente feliz de haber encontrado, por fin, a mi hijita. Entiendo que no va a ser fácil, todos tendremos que hacer un proceso, para mi hija yo soy una desconocida y su secuestradora es su verdadera madre. Pero el tiempo se encargará de sanar las heridas. Yo solo le ruego a Dios que algún día me diga mamá’.

La niña, contaron quienes las vieron, estaba terriblemente nerviosa, decía que quería ver a su mamá (refiriéndose a Carolyn Correa). Desde el principio se vio que no será un asunto fácil para nadie.

Seis semanas después de que Luzaida viera a su hija en el cumpleaños, la Corte autorizó a la niña para que viera por segunda vez a su madre y se fuera a vivir a su casa en Filadelfia.
’Estoy viviendo en mi verdadera casa’, dijo la niñita a la prensa, sonriendo, y aparentemente muy contenta. Sin embargo, trascendió que no todo lo que brilla es oro en este caso, pues la niña ha estado triste y nerviosa pidiendo ver a ‘mami’ (Carolyn Correa).

Otro problema es que la niña habla solamente inglés y Luzaida habla muy mal el inglés, pero ha declarado que le enseñará el español a su hija y que ella, a su vez, tomará clases de inglés para facilitar al máximo la comunicación entre ambas. Y está también el asunto de la identidad de la niña. Luzaida ha dicho que poco a poco, volverá a llamarla por su verdadero nombre, Delimar.
’Pienso decirle que Aaliyah es un sobrenombre que le pusieron, pero que su nombre real es Delimar’.

La vida sigue... pero de otra manera
Y como la historia ha ocurrido en los Estados Unidos, la vida económica de esta modesta familia latina, radicada en Filadelfia, tampoco será la misma. En este momento hay más de 10 productoras de Hollywood que ya han contactado a Luzaida y a su familia para comprar los derechos para una película. Este es el tipo de historia con que las casas productoras sueñan.

Solo queda esperar que ambas familias hagan lo que sea mejor para esta niña que se ha visto en el durísimo trance de tener que despedirse de quien creía que era su madre, para caer en brazos de una desconocida. Y que esa mujer, Luzaida, que obró con el instinto más poderoso que existe en la naturaleza, sea capaz de encauzar a su hija luego de la traumática experiencia por la que ha atravesado.